Artritis y artrosis, parecidas pero diferentes

Aunque por sus nombres parezcan ser entidades similares, la artritis y la artrosis (u osteoartritis para los autores estadounidenses) son entidades sustancialmente diferentes.

A lo largo del tiempo, persisten las dificultades para distinguir entre artritis y artrosis, 2 entidades que poseen algo muy importante en común: el compromiso de las articulaciones, con síntomas bastantes semejantes entre sí.

diferecias artritis artosis

En medicina la terminación –itis corresponde a inflamación, en tanto que –osis se reserva para las afecciones, habitualmente crónicas, donde hay alteraciones de la estructura normal de los tejidos. En inglés llaman equivocadamente osteoarthritis a la artrosis, y muchos traductores “copian” el nombre del inglés con su error incluido, lo que aumenta aún más la confusión entre estas enfermedades.

En términos generales, la artritis se refiere específicamente a la inflamación de las articulaciones y no a una enfermedad en sí. Es más, los expertos consideran que existen más de 100 enfermedades reumáticas que provocan los síntomas típicos de artritis y pueden ser consideradas como tales. Esos síntomas incluyen:

  • dolor en la articulación comprometida
  • hinchazón o edema localizado en ese punto
  • rigidez o sensación de envaramiento

Una de las artritis más conocidas es la artritis reumatoidea, pero también existen otras formas relativamente comunes como la artritis psoriásica (que a veces acompaña a la psoriasis, una enfermedad de la piel), la artritis gotosa (es decir, relacionada con la gota, enfermedad metabólica por exceso de ácido úrico), artritis infecciosa (ocasionada por gérmenes que afectan la articulación a partir de distintos focos), etc.

El término osteoartrosis es lo que habitualmente denominamos artrosis. Este nombre deja entrever el mecanismo básico de su producción: la afectación o degeneración del cartílago de la articulación. En efecto, en la artrosis u osteoartrosis el cartílago pierde sus condiciones normales de elasticidad, se torna rígido, se adelgaza en su espesor y pierde sus características normales de amortiguación entre las 2 superficies de los huesos que forman una determinada articulación. Es decir, se trata de una artropatía no inflamatoria, ya que, (a diferencia de las otras formas ya mencionadas) aquí no existen fenómenos de anticuerpos contra la articulación ni afectación infecciosa ni por depósitos de sustancias que originan procesos inflamatorios típicos.

Si bien puede también afectar las manos, la artrosis compromete habitualmente grandes articulaciones como la de la rodilla, la cadera, los tobillos y la columna vertebral. Con el correr del tiempo y de la evolución propia de la enfermedad, la superficie del hueso se altera, se forman espinas de hueso o espolones y esto lleva tanto al dolor como la hinchazón de la articulación afectada.

Pero el compromiso no acaba allí: el dolor ocasiona inmovilidad natural (¿Quién puede mover una articulación que resulta dolorosa?), y eso repercute sobre los músculos de la zona que al usarse menos se debilitan y finalmente se atrofian. Esto aumenta las dificultades en el movimiento y se suma al desgaste general de la propia articulación.
De esta manera se configura un cuadro que, a partir de su inicio (habitualmente, a partir de los 45 años), compromete notoriamente la calidad de vida.

De todos modos, los procesos señalados constituyen un resumen breve de acontecimientos naturales y evolutivos que no se producen de manera súbita, ni tampoco llegan a ese tipo de expresión en todos los pacientes. Afortunadamente, existen recursos tanto físicos como farmacológicos destinados a aliviar los síntomas dolorosos, que facilitan los movimientos y las acciones de rehabilitación física para alcanzar mejoras sustanciales.

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